Berenice Abbott. Las miradas cómplices.

2012.03.15

TEXTO LITERAL DE LA REVISTA FOTO: http://www.1arte.com/revistas.php?revista=19

ESCRITO POR LOLA GARRIDO.

BERENICE ABBOTT RETRATO A EUGÈNE  ATGET un poco antes de su muerte. Este retrato, uno de los escasos que existen del gran maestro francés de la fotografía, nos presenta unos ojos inquietos, poderosos, un ser nacido para escrutar el mundo y retratar palmo a palmo las calles, las ventanas, los detalles arquitectónicos. Un coleccionista de espacios vacíos. Aquí el fotógrafo se expone literalmente, sin tapujos, ante la cámara y el ojo de una mujer que descubrió su obra desde la admiración y el respeto. Sólo una persona adicta a las vanguardias, a lo nuevo, supo ver en su obra (demasiado adelantada para su época) la profundidad y la inquietud de la que hace gala en su retrato.

Berenice Abbott es una americana de Ohio, una mujer de infancia difícil y solitaria que hará de la fotografía una forma de expresión basada en llegar al alma de los seres humanos y de su ciudad favorita: Nueva York. Estudiante de periodismo, después de acabar sus estudios aterriza en la célebre bohemia neoyorquina del Creenwich Village, en un momento en el que este celebre barrio reúne a todos los artistas e intelectuales de su tiempo. En estos años, se inclina por la escultura y conoce a Marcel Duchamp y a la célebre Djuna Barnes, así como al círculo dadaísta.

Después de la Primera Cuerra Mundial se encamina hacia Francia sin hablar su idioma y en busca de aventuras y retos. En esa época, París era foco de atención de toda una generación de los nuevos modos de narrar y de vivir.

Asistente de Man Ray, que poseía uno de los estudios de retratos de moda del momento, trabaja en el laboratorio e inmediatamente comienza a darse cuenta de que la fotografía va a ser indispensable para su vida. Se inicia haciendo retratos de sus excéntricas amigas de la rive gauche, millonarias convencidas como su compatriota Hemingway de que París era una fiesta. Estos retratos son una especie de inventario de la vida social e intelectual de los célebres años veinte.

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Su estilo consiste en dejar al retratado ser él mismo; la afectación no le interesa, sólo busca máximo realismo y la intensidad del alma y la vida. Así, se convierte en una especie de documentalista de la ciudad y de aquellos seres que con su obra la cambian. Descubre el trabajo de Eugéne Atget en su etapa de asistente de Man Ray, y dedicará parte de sus esfuerzos a editar fotografías, fascinada por su capacidad de introducir la poesía en sus retratos de lo cotidiano, y su principio de trabajar sin compromisos y en soledad.
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Abbot vive su tiempo consciente de que descubrir lo contemporáneo forma parte de la curiosidad por la vida, de que la historia la escriben aquellos que se adelantan a las modas y al momento.
Abbot es una de las máximas representantes de la fotografía en estado puro, rechaza todo lo que significa imitar a la pintura y odia el rebuscado estilo pictorialista con sus degradados paisajes y su blandura historicista. Para ella, su instrumento de encontrar las tomas es una pequeña cámara, con la que recoge ritmos y paisajes, a la manera de cuaderno donde anota todas las sensaciones producidas por el movimiento cambiante de la gran urbe. Se deja llevar por el descubrimiento de barrios como Brooklyn y Bronx y sólo cuando tiene ya el apunte y el boceto tomará la foto definitiva con una cámara de formato medio.
Sus trabajos esenciales son los retratos de los años veinte, el Nueva York de los treinta y su descubrimiento de Atget. Pretendía ser objetiva siendo consciente de que, como sujeto que era, terminaba siendo subjetiva. No pretendía mirar sin sentimientos ni tampoco ser una máquina que toma del retratado lo que éste no quiere dar. Su método consistía en poner orden a las cosas que veía, dar un contexto visual y estructura intelectual. Existe una manera de hacer fotografía por parte de las mujeres quizás porque la fotografía primera, como dice Michel Tournier, no fue inventada ni por Niepce ni por Daguerre, sino que la primera impresión fotográfica la hizo Verónica, imprimiendo el rostro de Jesús. Existe una forma de retratar que hace que lo retratado tenga una sensación diferente. Las mujeres no hacen sino poner confianza entre ellas y el suleto; existe la complicidad.
Eso es lo que está presente en este maravilloso retrato de Atget. Entre él y la fotógrafa no existe un visor ni un objetivo. Son dos seres fascinados que se miran, un espejo en el que se reconocen, una mirada común sobre las cosas y el mundo, una complicidad extrema que provoca la sensación de que cada uno está ayudando al otro a ser quien es.
En todos los retratos de esta autora y especialmente en éste, hay una forma de respeto por lo privado, de la intimidad; sin embargo, se sabe mucho sobre el retratado. Si cada uno tiene en su vejez el rostro que merece, en el caso de Eugéne Atget, se tiñe de presencia al estar con sus defensas, porque éstas forman parte de nosotros y el depredador fotográfico tiene derecho a romperlas.
Aquí está el artista observándolo todo, con los ojos muy abiertos, un poco cansados de tanto ver. En su mano están las gafas; la fatiga visual es evidente, pero sigue la curiosidad en su forma de estar, la elegancia en las manos, ese mostrarse franco sin altivez y con una atención y contención propia de sus mejores obras. Sin duda una obra maestra.
 

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