Annie Leibovitz. Mi vida es mía.

2012.05.25

TEXTO LITERAL PUBLICACIÓN VOGUE (ESPAÑA): http://www.vogue.es

ESCRITO POR GABY WOOD.

Este artículo está publicado en el año 2008. Lo comento por situar las fechas.

Autorretrato de Annie Leibovitz junto a sus hijas Susan, Sarah y Sammuelle (2006).

Annie Leibovitz se siente destrozada. Ocuparse de tres hijas de corta edad resulta más agotador que trabajar, comenta, al tiempo que atraviesa con un andar pesado que ocupa su oficina en la planta baja de la casa. En lugar —tres edificios adyacentes en Greenwich Village, uno de los cuales es su casa— está reformado con una sencillez espaciosa: suelos sin alfombras, paredes de ladrillo sin revestir, butacas de cuero marrón y repisas de chimeneas sobre las cuales se apoyan amplios marcos con un collage de Walker Evans, un famoso beso de Brassaï, un retrato de Bea Feitler realizado por Diane Arbus, o dos páginas de la Encyclopédie de Diderot representando una cámara oscura. Entre este material clásico hay una pared entera dedicada al método con el cual Leibovitz se ha convertido, en palabras de Hillary Clinton, en «una gran cronista de nuestro país». En unas grandes páginas arrancadas de un calendario, cubiertas de Post-its de muchos colores, se refleja una operación que hubiera hecho palidecer al mismo Napoleón. Abundan los interrogantes en colores fluorescentes «¿Michelle Obama?» «¿Abu Dhabi?». Leibovitz pide a una asistente que vaya a por un café con leche y hielo, y me acompaña a una habitación donde ha estado reuniendo el contenido de un nuevo libro que está  preparando.

Tiene un retraso en los plazos de entrega y puede que este explique por qué su mente parece convertirse en otro lugar cuando sentamos a hablar.

Annie Leibovitz es la fotógrafa más famosa de nuestro tiempo, y la fotógrafa de las personas más famosas de nuestro tiempo. Una «retratista de la corte», según la describe el editor de su libro, Mark Holborn, cuya corte extiende desde el Palacio de Buckingham y la Casa Blanca, hasta la nueva guardería de Tom Cruise o el vestidor de Mick Jagger. En la actualidad trabaja para Vanity Fair y Vogue USA y, además de ser la autora de diversas y omnipresentes campañas publicitarias, también ha cosechado una popularidad incomparable como artista contemporánea. Es la única fotógrafa del mundo cuyas ventas de libros superan los 100.000 ejemplares en la primera edición; y sus exposiciones han alcanzado en repetidas ocasiones récords de audiencia en todo el mundo.

Todo hace pensar que Leibovitz, conocida por sus imágenes icónicas de personas famosas —John Lennon desnudo abrazando a Yoko Ono tan sólo unas horas antes de su muerte; Demi Moore embarazada como portada de Vanity Fair; Whoopi Goldberg bañándose en una de ellas. Se trata de una situación que, como describe Leibovitz, «redunda en tu beneficio y en tu contra». «Cuando andas con ella por un aeropuerto, alguien la para cada cinco segundos», comenta Kathryn MacLeod que, como productora senior de fotografía de Vanity Fair, ha viajado junto a Leibovitz durante 13 años. «Ella es muy tímida; por lo que resulta bastante chocante».

↓ CINDY EN EL PARAISO Dcha., Cindy Crawford (Nueva York, 1993).

Si algo puede competir con el renombre adquirido por las fotografías de Libovitz es la forma con las que las protege. Son numerosos los rumores sobre historias contadas por antiguos asistentes, si bien es cierto que las empresas para las que trabaja no destacan por guardar en secreto sus exigencias. En un excelente documental realizado por Barbara, la hermana de Leibovitz, la editora de Vogue, Anna Wintour, afirma: «No cabe duda de que nos vuelve locos, y el presupuesto no es algo que entre dentro de su perspectiva». Graydon Carter, editor de Vanity Fair, la ha descrito como una persona tan complicada como «Barbra Streisend con una cámara». Sus fotografías son notoriamente extravagantes; a lo largo de los años ha solicitado, y obtenido, elementos accesorios cada vez más singulares, como caballos, helicópteros, lluvia o fuego.

No pocas veces —por ejemplo, con motivo del tema film noir del año pasado para Vanaty Fair, o el del Mago de Oz en el 2005 para Vogue USA—, ha llegado a fotografiar juntas a siete u ocho personas muy famosas. Tal y como explica Michael Roberts, esto implicó, en el caso de las series de film noir, un vestidor y un ayudante de vestuario para cada famoso, diversos decorados colindando unos con otros, prendas expresamente confeccionadas para la ocasión, «un aguacero» en una calle de la ciudad, un cinematógrafo famoso encargado de la iluminación y varios meses de preparación. Estas son, comenta, producciones «épicas» meticulosamente planeadas con dobles de los personajes para que, en el momento en que los personajes reales aparezcan, Leibovitz sólo necesite una media hora para tomar sus fotografías. Según  recuerda Roberts, «para edición de Hollywood nos encontrábamos con Helen Mirren en Nueva York, en la escalera exterior de incendios del séptimo u octavo piso de un hotel, cuando empezó a llover. Tanto el publicista como el director se alarmaron y comenzaron a gritar: ‘¡Bágela de ahí! ¡Es la actriz que posiblemente gane un Oscar y podría resbalar por la escalera!’».

Tras pasar un rato en su compañía, te impresiona ver que se trata de una persona similar a cualquier otra. Lleva gafas, es contundente y viste siempre de negro. Su cabeza sigue el peso de su pelo largo y liso a medida que habla, mientras sus manos gesticulan generosamente para aportar énfasis a sus palabras. Es prensa fácil de una risa profundamente gutural a la que da rienda suelta, a menudo, por algo relacionado con su propia persona. Los comentarios que hace por lo bajo burlándose de sí misma salpican su discurso; vive en Nueva York porque si lo hiciera en los Ángeles, dice, «me vería tan influenciada que probablemente llevaría botox y estaría demasiado delgada». Resulta convincente la paradójica descripción realizada por Gloria Steinem al calificar a Leibovitz como «la persona insegura más alta y autoritaria que jamás he visto».

ÍDOLOS GRUNGE Johnny Depp y Kate Moss en el Royalton Hotel en Nueva York (1993).

Los últimos años han estado marcados por un grado extraordinario de cambios en la vida de Leibovitz. Susan Sontag, una de las críticas más distinguidas de Estados Unidos y su eterna amante, murió de cáncer a finales del 2004. Su padre, Samuel, falleció poco tiempo después y, tan sólo unos meses más tarde, se convirtió en madre de dos niñas gemelas (Susan y Samuelle) nacidas de una madre de alquiler. Leibovitz había dado a luz cuatro años antes a su hija Sarah y ahora, a los 59 años, se encontraba en lo más alto de una carrera profesional extremadamente exigente, aún de luto —su madre falleció el verano pasado— y con tres hijas pequeñas. A Photographer’s Life, un libro de 472 páginas y la exposición que lo acompaña, pone al descubierto todo esto. Además de famosos encargos y otros trabajos, incluye gestos privados —fotografías de Leibovitz desnuda y de Sontag tras su muerte— que hacen pensar que no le queden demasiados secretos que ocultar.

Sus padres, que tuvieron seis hijos, eran un matrimonio formado por una bailarina de danza contemporánea y un teniente coronel de las fuerzas aéreas de Estados Unidos. Pasó sus años más jóvenes, que fueron los más formativos para ella, viajando  de una base aérea a otra. Según ha afirmado ella misma en tono irónico, obtuvo la «calificación académica z», pero su alegre familia, con la que aún guarda una estrecha relación, respetó una base firme sobre la que apoyarse. A menudo afirma que la ventana del coche ofrecía el marco de una fotografía preparada a través de la cual ver el mundo. Durante la guerra de Vietnam su padre fue destinado a Filipinas, situación que, como objetora, le resultaba muy incómoda. Convenció a sus padres para que le dejaran asistir a la Escuela de Bellas Artes de San Francisco. Aún era estudiante cuando la fotografía que tomó de Allen Ginsberg en una concentración contra la guerra de Vietnam fue seleccionada para la portada de la revista Rolling Stone. Posteriormente, en 1973, la misma revista la contrató como fotógrafa jefe.

Las aspiraciones fotográficas de Leibovitz estaban basadas en el trabajo de artistas a los que admiraba, como Henri Cartier-Bresson y Robert Frank, que realizaban lo que ella describe como un «trabajo de reportaje personalizado». A pesar de las estravagantes complicaciones de su trabajo más reciente, se dio a conocer como una fotógrafa anclada en los setenta, en un mundo de protestas, política y rock’n’roll’. Mujer nerviosa, tímida y de pelo largo, cuando con 21 años hizo su primer retrato de John Lennon se convirtió en una persona positivamente invisible («De alguna forma entra a hurtadillas y se convierte en parte de tu vida», afirma Arnold Schwarzenegger). Recorrió kilómetros por carretera con Alice Coper y con los Merry Pranksters de Ken Kesey, y cubrió tanto el lanzamiento del Apolo 17 con Tom Wolfe, como la dimisión de Nixon con Hunter S. Thompson.

En 1975, y a pesar de las advertencias de su editor, Jann Wenner, acompañó a los Rolling Stones de gira y de hecho, desarrolló adicción a las drogas. Leibovitz tomó fotografías, al parecer, en momentos y en lugares donde nadie más miraba.

DÍAS DE ROCK Patti Smith cono hijos, Jackson y Jesse (St. Claire Shores, Michigan, 1996).

En 1983 Tina Brown, en proceso de reactivación de de Vanity Fair, fichó a Leibovitz. La ostentosa galaxia de celebridades que caracterizó esta época resultó especialmente chocante para una persona tranquila procedente de California que sigue descubriéndose a sí misma como «una fotógrafa del medio ambiente». «De repente, llegaba gente al estudio para reunirse contigo —recuerda Leibovitz en un tono angustioso—. Yo no quería que la realización de retratos en el estudio acaparara todo mi trabajo. Necesitaba algo más que una persona». Con objeto de combatir la artificialidad de estas situaciones, Leibovitz introdujo más artificio. Si bien se había convertido en una experta en retratar, digamos, personas en torno a eventos, ahora empezó a construir un evento entorno a una persona. Invitó a Keith Haring a pintar una Habitación completamente blanca, así como su propio cuerpo desnudo, con sus grafitis característicos en color negro; fotografió a Roseanne Barr y Tom Arnold en plena lucha de barro. Whoopi Goldberg ha comentado sobre el retrato que le hizo Leibovitz bañándose en leche que «iba andando por la calle un viernes por la noche, sin que pasara nada. Pero el sábado por la mañana la gente gritaba mi nombre». Le pregunto a Leibovitz si alguna vez se ha planteado que en lugar de documentar la época podría estar exacerbándola. Tarda un momento en comprender la pregunta «Puede que algo así ocurriera en los ochenta», comenta encogiéndose de hombros. Después de que yo siguiera insistiendo, afirma: «¡Me gustaría poder decir que nosotros fuimos los responsables de todo eso! Pero no creo que una revista pudiera conseguir tal cosa». Y añade, riendo entre dientes: «Creo que nos estamos quedando sin celebridades; lo cual, de hecho, es algo bueno». Patti Smith me cuenta una historia muy conmovedora sobre una famosa portada de Rolling Stone que Leibovitz le hizo en 1978. En ella, la joven Smith mira desafiante a la cámara, sudando, mientras unas llamarada ocupa el fondo: «No sabía como aceptar esta fotografía. No es que no me gustara, sino que simplemente no me reconocía a mi misma. Vi las tomas descartadas de esa sesión, y en muchas de ellas salía realmente atractiva o quizás con un aspecto más joven o más sexy. Pero más tarde me di cuenta de que lo que ella estaba buscando no era estos conceptos tan accesibles. Ellas buscaba algo más profundo y mucho más halagador, una cierta fuerza interna que percibía en mi. Así que la fotografía me terminó gustando». Lebovittz no sólo vio a la persona que Smith era, sino a la persona en la que podría convertir.

En los últimos años Leibovitz se ha pasado completamente a la fotografía digital, pero se muestra cautelosa ante comentarios de los puristas que afirman que juega demasiado con las imágenes en la post-producción: «Jugar es un término muy amplio. A veces me gusta disfrutar de esta especie de realidad irreal». Últimamente ha estado fotografiando un mundo más oscuro; las personas parecen resplandecer sobre fondos color gris metálico, y los cielos se representan tormentosos.

Recientemente se llegó a suspender un contrato con Condé Nast Treveler porque se negó a fotografiar la playa más bella del mundo con buen tiempo. «¡Las revistas se enfadan conmigo porque se cansan de ver fotografías oscuras!», reconoce. ¿Por qué lo hace? «Pienso que las cosas parecen bonitas oscuras —afirma encogiéndose de hombros—. Simplemente… Estoy atravesando un periodo de innovación, o algo así».

CIUDAD ETERNA Susan Sontag en Petra, Jordania, en el año 1994.

Hasta el fallecimiento de Sontag, Leibovitz había mantenido su vida personal en celoso secreto pero, reunió una colección monumental de fotografías personales y realizadas por encargo donde se pueden considerar nuevos elementos. ¿Hasta que punto se encontraba preparada para exponerse a si misma? Antes de que Sontag falleciera, ambas calificaron su relación de 15 años de duración como de «simple buenas amigas». Pero tan pronto como se publicó el libro de Leibovitz, resultó obvio que Sontag fue el amor de su vida. Las fotografías hablaban por sí solas, y Leibovitz comenzó  a hablar sobre el tiempo que pasaron juntas; sobre las guerras que fueron testigos; sobre la hija que compartieron, al menos en cierta medida (Sarah fue concebida con la ayuda de un donante anónimo de esperma); sobre como habían vivido en áticos separados de un famoso edificio de Chelsea y sobre cómo podían comprobar si las luces de la otra estaban encendidas; sobre cómo compartieron un piso en París; sobre cómo Leibovitz había levantando un casa solariega donde antes había una serie de graneros destartalados al norte del estado de Nueva York; sobre cómo había regalado a Sontag un edificio anexo centenario como lugar de retiro para escribir; y, finalmente; sobre cómo, tras el fracaso de la última intervención quirúrgica de Sontag, Lebovitz contrató un avión privado y la llevó a casa a morir. Transcurría la mitad de la entrevista, pido a Leibovitz que explique con mayor detalle algo que dijo en una ocasión: que tomar fotografías de las personas más próximas implica una cierta responsabilidad. Se recuesta en su silla y se toma un tiempo para considerar la pregunta. Suspira, arranca y hace una pausa. «Cada decisión que tomé en A Photographer’s Life —comenta finalmente—, la pensé con mucho detenimiento. Lo que si que cambió fue… mm… aquellas decisiones fueron tomadas en un momento de gran dolor. Ahora veo la muestra y el libro, y pienso que tal vez no lo volvería hacer igual. Sientes como si estuvieras abriendo tu corazón; hay una especie de ingenuidad en todo ello y, retrospectivamente, sé que no lo volvería hacer. Dejé que mis emociones huyeran conmigo». Cuando Leibovitz publicó las fotografías del cuerpo de Sontag en la funeraria —incluido un precioso collage de fotos de Sontag en blanco y negro, con un vestido estilo Fortuny, realizadas con una Polaroid— hubo quien expresó su indignación, como el hijo de Sontag, David Reiff, que describió las fotografías como «imágenes carnavalescas sobre la muerte de una celebridad», tras lo cual admitió que no las había visto. «¿Sabes? Aprendemos de todos estos sucesos personales», afirma Leibovitz. «Me gustaría retroceder en el tiempo hasta antes del a muerte de Susan para haberla ayudado más». ¿De que manera? «Hubiera hablado con ella más sobre la muerte, porque no quería morir», responde. Leibovitz me dice que tuvo que forzarse a sí misma a dejar la cámara en segundo plano para poder tener una vida, y ahora su relación con ella es diferente. A veces, las fotografías que consideran desastres técnicos le muestran algo que no sabía que existía. Me da un ejemplo: Unas fotos que hizo a su hija Sarah en el jardín. «Me sentí frustrada —recuerda—. Tenía que hacerle una fotografía de cara para el colegio. No paraba de perseguirla por todas partes, sudando, pero ella no quería quedarse quieta, no quería mirar a la cámara. Pensé que todo aquello era un fracaso. Pero luego al mirar las hojas de contactos y ver a esa ñiñita corriendo por un campo, piensas: qué maravilloso es ver a esta personita correteando por ahí. ¿Sabes? Fotografiar me ha enseñado mucho de la vida, pero no lo es todo en la vida».♦  Gaby Wood

 

one comment

  1. […] Saint-Lazare toda la Europa célebre desfila, como desfilan ahora todos los famosos delante de Annie Leibovitz. De Liszt a Delacroix y de George Sand a Bakounin, nunca la historia, el arte y la literatura han […]

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