La fotografía del dolor. Sylvia Plachy.

2012.07.05

TEXTO ADAPTADO PARA EL BLOG EXTRAÍDO DE LA PUBLICACIÓN: http://www.elmundo.es/yodona/

SYLVIA PLACHY: http://www.sylviaplachy.com/

Richard Avedón dijo de ella: «Me hace reír y me rompe el corazón. Es todo lo que un fotógrafo debería ser». Sylvia Plachy ha sabido imponer su humanidad y sentido moral en una obra marcada por el sufrimiento, una ejemplar restricción que la ha convertido en maestra. Espido Freire habla con la autora.

Sylvia Plachy (Budapest, 1943) es una de las más destacadas fotógrafas del panorama actual. Afincada en Nueva York desde hace años, sus testimonios de las atrocidades cometidas en los países bajo el Talón de Acero y la visión intima, y al mismo tiempo testimonial, del dolor humano, la han convertido en una figura de referencia. Es madre de  Adrian Brody, Oscar al Mejor Actor por El pianista (Roman Polanski, 2002).

«El mejor hecho de tomar una fotografía supone una espera interminable. La espera interminable por el instante en el que la composición, la forma, el significado se unirán de manera repentina.» Sylvia Plachy parece hablar como si inventara la palabras y les diera un significado distinto. Como si tradujera de múltiples idiomas antes de elegir las frases y uno de esos idiomas fuera, precisamente, su complejidad emocional.

Sylvia Plachy no se limita a la fotografía. Es además escritora, puede sentirse en su manera de expresarse y en las metáforas que emplea para explicar otras metáforas, las verbales que se suponen a las de los colores y las estructuras. Intuitiva, exquisita, con una sensibilidad única para crear un mundo lírico e irreal, paralizado por el blanco y negro, nació en Budapest, en 1943. Tenía 23 años cuando los soviéticos invadieron su país; ella logró escapar a través de Austria hasta Estados Unidos. Fue uno de los miles de exiliados que salieron sin nada, con memorias terribles y el horror de haber presenciado el asesinato de más 10.000 personas. La brutalidad de esa experiencia no la ha abandonado nunca, y asoma en sus temas. Acecha, a la espera de algo que la desencadene. Una sábana flota en el aire, a medio camino antes de posarse. La carne de mujer aparece, blanquísima, bajo el sujetador negro. Algo está siempre a punto de ocurrir. Y no necesariamente para bien.

YO DONA. En sus fotografías impresiona la dimensión que cobra el espacio vacío, los huecos. Se podría comparar el silencio en mitad de una composición musical. No es posible que las imágenes hablen, pero de alguna manera, las suyas lo consiguen. Casi gritan.

SYLVIA PLACHY. Cuando fotografío y todo va saliendo como espero, me olvido de de mi misma, pierdo parte de mi timidez y floto, como un nadador bajo el agua, como si estuviera profundamente conectada con lo que me rodea. Me encuentro en una especie de trance. No escucho gran cosa, y hablo muy poco. Yo misma estoy en silencio. En ese sentido soy como una espía, no en busca de un secreto oscuro, sino de una revelación. Hace tiempo alguien me preguntó cómo sabía que había encontrado mi fotografía. Le contesté que en ocasiones lo sé porque escucho un zumbido, como el viento en un túnel.

¿Que ocurre con esas otras fotografías perfectas que nunca han sido tomadas? Una vez que dejas pasar una foto, esa oportunidad perdida no regresa jamás. Durante años, me torturaba constantemente con eso. Ocurre o menudo: cuando no estoy preparada, o la película se ha terminado, o si me muestro demasiado tímida, o me siento demasiado cansada, o estoy demasiado ocupada charlando, o empleo demasiado tiempo en mirar…

(Veo en una de sus fotos una Barbie con un traje de baño a rayas que descansa sobre la rodilla de una joven. Un halo de luz rodea, como un cabello erizado y fantasmal, una cabeza misteriosa. Las emociones, especialmente las atroces, sólo surgen a la luz a través del tiempo y en formas insospechadas, cuando lo hacen.)

Sin embargo, las que considero las mejores fotos, las que son muy superiores a las demás, no puedo tomarlas: no puedo por el dolor que causaría al realizarlas. Por lo general, se trata de un momento muy poderoso, universal pero al mismo tiempo muy íntimo. Si apretara el disparador en ese momento, y muchas veces desearía ser invisible, sería una transgresión. Entonces me conformo con reflejar la segunda mejor opción: la que queda de ese momento, las marcas que deja. Las interiores complicados, los susurros en el silencio.

los interiores que refleja Sylvia combinan una puesta en escena muy simple, casi desnuda, que crea un enorme impacto emocional. Hay soledad, decadencia, en casi todo ellos. Acaban de ser abandonados, o llevan así mucho tiempo, de manera injusta. Delatan quién los habita, o quién falta y debería estar. Mientras que las fotografías sobre la naturaleza (los bosques, los animales) se tiñen de poesía, los interiores y los edificios parecen mucho más dramáticos, menos armoniosos. Sylvia es también una magnífica retratista, no parece distinguir entre una persona y un animal, a ambos los trata con una dignidad y un dramatismo similar.

Los animales aparecen en algunos de sus imágenes y, cuando no son reales, se emplean como símbolos. En su libro Autorretrato con vacas volviendo a casa también las emplea como medio. ¿Qué encuentra en ellos que no se halle en los seres humanos? Me siento más libre con los animales. Me apasiona su gracia, su inocencia; no tienen idioma ni nacionalidad.

Casi todas sus fotografías son muy narrativas. De todas pueden extraerse historias, no necesariamente con un final feliz. En ese mismo libro trata la experiencia de la huida de Hungría, pero se refiere únicamente a ese momento. Estremece lo que puede imaginarse bajo esa mirada. Imagínese. Las baladas transilvanas y cuentos trágicos de supervivencia fueron mis primera historias.

También ha dedicado espacio al sexo, a lo turbio de comerciar con el cuerpo (en luz roja: dentro de la industria del sexo, 1996). Nos andamos escasos de horrores en el mundo.

Sin embargo, se las ha arreglado para crear un entorno artístico a a su alrededor, como una protección de belleza o una mirada distinta a ese mundo horrible. Su hijo (Adrian Brody) también está relacionado con el arte visual; al ser actor se convierte en un instrumento para que se cuenten las historias de otros. Vive usted rodeada de tramas. Hay muchas formas de contar pero, al final, lo realmente importante son las historias y su narración. Suponen la afrirmación de que estuvimos allí, y de cómo vimos lo que ocurrió, mientras existíamos…

Una carrera finalmente premiada. Sylvia Plachy ha sido distinguida con el Lucie Award de la influyente asociación Women in Photography internacional en 2004 y con la beca Guggenheim Fellowship en 1997, entre otros galardones. Sobre estas líneas, Spectators, 1997.

 

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