Tracey Moffatt. La chica de moda.

2012.11.05
TEXTO LITERAL DE LA REVISTA FOTO: http://www.1arte.com/revistas.php?revista=19
ESCRITO POR LOLA GARRIDO.
Este artículo está escrito en el año 1999 coincidiendo con una exposición que realizó la fotógrafa en aquella época. Pero creo que no es lo importante, ya que lo que nos ayuda este texto es a conocer a una autora muy interesante.

Hará cerca de dos años que descubrí la obra de Tracey Moffat en la DIA de Nueva York. Tengo que reconocer que, dedicándome a la fotografía, no conocía nada de esta cineasta y fotógrafa australiana: sus imágenes me fascinaron. Sus relatos estaban plenos de fuerza y cotidianidad. Su obra me pareció moderna y eficaz. Y me parece, viendo su obra por segunda vez en Barcelona, en la Fundación La Caixa, que cualquier cosa que se pueda decir es siempre más débil que la obra en sí.

Creo que existen fotografías en las obras que lo más importante es el silencio. Otras son, sin duda, muy locuaces. Las fotografías y vídeos de Moffatt hablan ahora mismo, y se dirigen a todos nosotros. Sin embargo, creo que somos las mujeres las que mejor podemos captar su sentido último. Su película “Lloros nocturnos (Una tragedia rural)” habla de algo que muchas de nosotras podemos entender. En un espacio perdido, en ningún lugar, una hija soltera cuida de su madre paralítica. Son dos mujeres que están condenadas a la inmovilidad: la madre confinada en su silla de ruedas, y la hija, confinada cuidando a su madre. Son dos seres opresivamente encadenados, una situación que lleva a pensar en algo que hemos visto antes. Tracey Moffat dice que le gusta Federico García Lorca y, efectivamente, ésta es una “Casa de Bernarda Alba” con colores de Almodóvar.

No es extraño que la propia Tracey Moffatt hable de su obra diciendo que pueden parecer estereotipos. Y es que siempre la ficción es más auténtica que la realidad. En diecisiete minutos, la película nos dice todo sobre una situación que nos lleva años poder contarla.

El trabajo de esta artista es una función de géneros y soportes. El cine y la fotografía son utilizados en función de lo que quiere contarnos. Existe también en esta exposición un vídeo en la que el artista adopta un comportamiento típicamente masculino. Con su cámara, se coloca en un ambiente de surferos para espiar y verlos vestirse y desnudarse. Los chicos se sienten violados en su intimidad y alguno protesta y adopta incluso posturas femeninas al intentar ocultar con la toalla aquello que esta australiana desvergonzada está dispuesta a grabar. Pero la mayor parte de ellos se muestra agresivos y obscenos frente a la intrusa. Es una cámara utilizada para violar intimidades y para demostrar sin falsas moralinas que hay espacios propios en los que está prohibido entrometerse. Si no fuera porque al otro lado de la cámara está una mujer, el vídeo sería la misma historia que todas las mujeres han sufrido a lo largo de la historia: servir al ojo del hombre.

Su obra fotográfica es la de un artista obsesiva, una mujer que parece nacida para mirar. Todos los espacios están anteriormente organizados, todas las escenas han sido preparadas. Como se hace en las películas, existe un “story board”, un trabajo minucioso de preparación, un guión. Así son obras que nos remiten a escenas clásicas, a muchas composiciones de grandes obras pictóricas, a escenarios de cine ,a literatura.

Lo que Moffatt hace con dramas fotográficos. En su serie titulada “Laudano”, la serie fotográfica es una historia. Con una estética formal victoriana y un estilo pictorialista, nos cuenta una historia de voyeurismo y sometimiento, la morbosidad de una relación amo/esclavo y la historia de una adicción. Es una película de planos congelados, como sus películas son fotografías en movimiento. Son imágenes inquietantes, comentarios insignificantes de ésos que nos son dichos y en ocasiones nos cambian la vida. Son obras que, siendo ficción, terminan por ser puro documentalismo.

Los dramas de la vida real son siempre mejores y más increíbles que cualquier noticia de los telediarios. Porque son más fuertes: No en vano todas las grandes cadenas de televisión tiene espacios en los que cualquiera parece estar dispuesto a contar su vida privada o a enviar un vídeo de un accidente mortal para ganar el premio. El programa de tele visión que seguramente nos colgaríamos sería aquél que nos mostrase las imágenes de nuestros vecinos de piso durante las veinticuatro horas del día. Desde que Warhol colocara una cámara durante horas seguidas para ver dormir a un personaje, todos nos hemos vuelto más modernos.

La estética de Tracey Moffatf está hecha de cosas que le gustan porque las reconoce como exóticas, como extrañas. Son decadentes al estilo de Catherine Deneuve; tienen atmósferas cerradas y un espíritu de morbosidad y lasitud (desfallecimiento). Son obras trémulas (agitadas), con cierto grado de sofisticación entre pagana y espiritualista. Son obras que nos hablan de sus contradicciones y de las muestras. No son hablan de sus contradicciones y de las nuestras. No son políticas en el sentido de falsos sermones, pero son ideológicas en el sentido más privado de la política. Juega y cita lugares que nos son comunes (dominación, opresión y cierta inclinación intelectual hacia el vicio) y los datos de un humorismo que descoloca y desdramatiza desde la ironía.

En la fotografía que publicamos, el espíritu de la artista está presente en su utilización del color, como si de un Minnelli se tratara, en su relato complejo con varios niveles de lectura, en su fascinación por los límites entre el sueño y la realidad, en su capacidad para provocar en el espectador una serie de cascada de pensamientos, incluso el suspense.

La obra de Moffatf tiene una distancia cercana a la angustia por el desenlace, una descripción del momento cubre y el espacio en el que habita: no la presencia, sino la inminencia.

 

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