ROBERT MAPPLETHORPE. Con él llegó el escándalo.

2012.11.22
TEXTO LITERAL DE LA REVISTA FOTO: http://www.1arte.com/revistas.php?revista=19
ESCRITO POR LOLA GARRIDO.
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Si hay algún fotógrafo que consiguió escandalizar a una manada de puritanos ése fue, sin duda, Robert Mapplethorpe. La censura de sus fotografías en una exposición celebrada en 1989 en Washington en la Corcoran Callery, titulada “The perfect Moment”, y que fue anulada, hizo más por su obra que su talento.
Nacido en Nueva York en el año 1946, sé formó en el célebre Pratt lnstitute de Brooklyn. Durante los sesenta comienza a publicar en “lnterview” (la revista editada por el “papa” del pop: Andy Warhol) una serie de retratos de personajes célebres de esa época en la que por las calles de Nueva York era posible ver al mismísimo pintor vender los números de su revista.
Involucrado en los ambientes musicales y artísticos de su ciudad, su vida es un compendio de enciclopedia de actitudes de esos medios. Asiduo de los ambientes gays del bajo Manhattan, son sus retratos homo-eróticos los que le llevan a ser conocido por el gran público.
Mapplethorpe en la época del sexo-duro, antes de la conmoción del Sida, frecuentará todos los templos del sadomasoquismo, las estrellas de los lugares más cutres, y de ellos retratará sus prácticas, sus símbolos, así como todas las figuras emblemáticas de esos lugares.
Lo que más molesta, sin duda, de ese trabajo es que retratando lo más caliente lo haga de una manera distanciada, muy localizada, sin ningún atisbo de emoción. Un hombre obsesionado con la belleza, un hombre obsesionado con el sexo. Posiblemente, un hombre obsesionado con la fama que encuentra por su calidad artística, con el éxito. “Estoy obsesionado con la belleza. Quiero que todo sea perfecto”, son algunas de sus palabras. La magia de la belleza mezclada con la magia del sexo. El fotógrafo buscando en el barro la elegancia, en lo obsceno la pureza, en el malditismo el reconocimiento. Sin duda un hombre, con la importancia de sus contradicciones. Sus fotografías y sus retratos son de una elegancia que deja sin respiración, sus copias perfectas, sus flores obscenas y casi indecentes, sus desnudos inocentes y sus cuerpos perfectos. Su mirada jamás fue la de un voyeur indiscreto, porque su vida no tenía tapujos.
Él mismo se retrataba maquillado de mujer, aparejado con una serpiente, sodomizado. Sus retratos no tenían nada de complacientes con él mismo. Al final se retrató cara a cara con la muerte consumido por la enfermedad del siglo, sin escapatoria. Si fue fiel a algo, lo fue a su obsesión estética, a la belleza más objetiva, a la verdad y su aceptación de sí mismo sin heroísmo, como el hombre que era: con sus crisis, sus quiebras, sus rupturas.
Si trabajaba con cuerpos de hombre, prefería las poses escultóricas, la textura de la piel de hombres de color, enfatizaba sus músculos, el poder de los cuerpos y la superioridad física de esa raza, porque convenía de manera especial a su plástica, pero, por otro lado, porque en la vida real o económica no eran tan poderosos. Según decía, “los negros no tienen necesidad de vestirse de cuero, ni de hacer musculación en un gimnasio para ser fabulosos: ellos lo son naturalmente” .
Sus retratos de mujeres están desprovistos de toda sensualidad y no es casualidad que elija a Lisa Lyon, la primera mujer campeona mundial de culturismo para retratarla una y otra vez. Mapplethorpe era un estatuario, un hombre obsesionado por la potencia física y atraído por la salud que rebosan esos cuerpos. Curiosamente, su vida no era muy sana que se dijera. Todos sabemos de la atracción que supone aquello que no somos. De ahí también, que el niño que asistía a actos religiosos cotidianamente sea el primero en retratar un sexo, un acto sexual, o un beso entre dos hombres.
Sin embargo, teniendo en cuenta la importancia del erotismo en la obra de Mapplethorpe, su trabajo es más amplio y espectacular. Hay que reconocerle el pulso perfecto de sus retratos, algunos de ellos un modelo de retrato psicológico entendiendolo a la manera de Sander, Nadar o Renger-Patzsch, en los que consigue retratar el alma importándole bien poco su estado. Hay retratos como el de Louise Bourgois, o el de Alice Neel, que demuestran que el retrato es algo más que plasmar un rostro. Sus retratos tienen una vida interna muy misteriosa, el exterior es verdad, pero el interior está lleno, repleto de la vida del retratado. Las fotografías de Robert Mapplethorpe en cualquier caso son siempre elegantes retrate lo que retrate. Jamás tienen una obscenidad voluntaria o epatante. Y, por supuesto, nunca son obscenas; hay que recordar que, etimológicamente, esta palabra significa “fuera de escena”, lo que no se muestra o por lo menos no se exhibe. En un momento en el que el mundo físico se desmorona, al tiempo que la enfermedad se adueña de los cuerpos, Robert Mapplethorpe realiza un viaje romántico retratando figuras apolíneas y dionisíacas, como pretendiendo asi un mundo que se desmorona a su alrededor. Porque desde la fría elegancia subyace el alma que libra una batalla contra el tiempo, contra sus desmanes y desafíos, diseccionados por una mirada inmersa en el presente.
 En esta fotografía que he escogido para ilustrar el artículo, ha querido presentar la plenitud de una vejez que no se sabe si está en el acto más gozoso del vivir, o por el contrario se encuentra en plena agonía. En cualquier caso, es una fotografía bella en el sentido más rotundo del término. Laconismo poético en un rostro en el que se adivina no sólo la maestría del fotógrafo sino la complicidad de ella, que siendo artista, identifica inmeditamente la propuesta y le añade el misterio necesario. Sin duda, creo que es una de las fotografías más provocadoras e inquietantes de su carrera. En cualquier caso, el escándalo o cualquier otra cosa que suceda en una imagen, no está en lo retratado nunca sino en el ojo del que lo ve.
 

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  1. […] de su trayectoria es esencialmente fotográfico. Entró muy pronto en contacto con la obra de Robert Mapplethorpe, cuya influencia se deja notar enormemente en algunos de sus primeros trabajos en blanco y negro, […]

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