Pierre Molinier. La línea de sombra.

2013.03.22
TEXTO LITERAL DE LA REVISTA FOTO: http://www.1arte.com/revistas.php?revista=19
ESCRITO POR LOLA GARRIDO.
Todos nosotros poseemos un lado oscuro, un lado desconocido incluso para nosotros mismos. Somos, como decía Nicholas Ray, unos extraños, unos extranjeros para nosotros. Pierre Molinier fue un hombre marginal, un fronterizo, un hombre que gustaba de caminar por su línea de sombras. Autodidacta, Molinier practica desde muy joven la pintura y el dibujo. Nacido en la cíudad de Agen en 1900, se instala en Burdeos con apenas diecinueve años. Sus primeras obras son paisajes y autorretratos. Su encuentro con el pope (maestro) del surrealismo André Breton sirve para introducirle en círculos artísticos que le permiten nuevas aventuras y cultivar su reputación marginal y extraña que él se encarga de exagerar.
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Erotómano, fetichista, coleccionista de zapatos femeninos y maniquíes de moda que le sirven para cultivar su fascinación por las piernas femeninas, es un personaje que permanentemente evoca sus propios fantasmas, que sabe van más allá de las simples fantasías.
Molinier es un avanzado del arte fotográfico de nuestra época; es un travestí al que no le importa compartir sus pulsiones más íntimas. Se autorrepresenta con sus dobles atributos sexuales tanto masculinos como femeninos. El fotomontaje le permite trabajar con varios clichés para dar forma a sus más variados deseos. Sus múltiples caras, sus múltiples sexos, son igual a sus múltiples pensamientos.
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Los años setenta son años de transformaciones esenciales en el mundo del arte y de la cuestión de la identidad, lo que hace de Molinier un artista actual y, sobre todo, contemporáneo. Él es uno de los que cambián el espíritu de su época. Participa en Lucerna en la exposición titulada  “Transformer”, y realiza en 1975 unos retratos del artista Luciano Castelli inspirados en el Ángel Azul.
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La fotografía de Molinier tiene la inspiración en el malditismo de Baudelaire o Lautréamont y sobre todo del Marqués de Sade. Participa de los ritos del sadomasoquismo, de un mundo de aceptación y sublimación de unas pulsiones ambiguas, de juegos estéticos, de carne y cuero, de ritual y violencia que viven de la necesidad antigua de algunos hombres de buscar el dolor para penetrar en el mundo de las caricias y el placer. Dolor que se busca para propiciar su desaparición. Detrás de las tinieblas, la llegada de la luz. Reflejos de fronteras evanescentes que sólo están para el que las quiera traspasar. Así, la obra de Molinier es una obra repleta de los códigos y poses del llamado erotismo negro.
La utilización sistemática de elementos implícitos de los juegos perversos y eróticos de los dibujos del cómic de autores como John Willie y su célebre personaje Gwendoline, con el que coincide en toda la parafernalia: cuero, tacones interminables, ataduras y el fetichismo. Y atención constante por las
piernas.
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Lo curioso es que existe en sus fotografías tanta estética como ausencia de violencia, explícita quizá, debido a la censura o el esteticismo de Molinier, que prefería sugerir antes que obviar. Pero también pudiera ser parte de un juego del autor de epartar a una burguesía pacata (mojigata)  para la que la sexualidad no era sino una forma de actividad reproductora. La verdad es que sus fotografías son bellas en el sentido más simple del término, pero carecen de lo terrible, ese lugar que puede resultar violento hasta lo innecesario.
Son provocadoras con mesura, son una suerte de teatro donde los signos nos son mostrados, pero el final queda abierto. A la manera en que un regidor de teatro organiza el escenario, proyecta una potente luz que focaliza la escena, actúa y ordena de manera armoniosa la composición alrededor de todo un entramado fetichista apto incluso para los poco iniciados. Es un juego ordenado entre narcisismo/voyeurismo y entre representación sin verdadera indiscreción. Eso es lo que hace que en su obra predomine lo intelectual sobre lo pasional, la forma sobre el fondo, por lo que autores y críticos han llegado a definir como una paradoja del convencionalismo no convencional.
La obra de Molinier es interesante por la cantidad de transgresiones y de dualidades que encierra; el cuerpo es objeto y a la vez sujeto, y la parte inherente y narcisista que existe en todo autorretrato, en su caso termina siendo una especie de agresión o de autoherida.
La pregunta “¿quién eres tú?”, esa pregunta esencial que en ocasiones nos hacemos, hay artistas que se la cuestionan toda la vida. Pierre Molinier, al retratarse a sí mismo, realiza una forma de sadoquismo interior, porque no se trata del poder de controlar a otro, sino de la necesidad de desnudar su identidad dejando por el camino parte de su integridad. Ya que, como dijo Freud, “la anatomía es el destino”. Llegar a confundir lo real con las fantasías puede producir un divorcio entre la luz y las sombras que conduce a la frustración y la locura.
Esta fotografía que presento de Molinier  forma parte de un trabajo que realizó sobre sus extremidades. Esa obsesión que tuvo de retratarse feminizado, y que quizá más allá de la obviedad de declarar que en todo ser humano existe otro, el fotógrafo quiso profundizar en esa línea de sombra, en ese bosque en el que los atributos se pierden, donde los géneros devienen meros símbolos, ese lugar en el que se puede fantasear de forma plural sobre el cuerpo ideal. Lo que buscaba era poner en cuestión incluso el rol del artista: la imposibilidad e incapacidad de conjugar lo imaginario con realidad, de vivir siendo uno mismo de manera armoniosa.
Parte de esas fotografías en las que se arregla las retoca después en el cliché, traspasa el género, son muestra de sus búsquedas de dar con la herida, indagando una y otra vez consigo mismo salir de la oscuridad a la luz, dejando de lado esa semioscuridad sadomasoquista que llega a ser convencional.
 

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