García-Alix. Desnudo radical.

2013.04.21

PARTE DE UN TEXTO DE LA PUBLICACIÓN REVISTART: http://www.revistart.com/
ESCRTO POR FERRAN ROIG.

Este este artículo es del mes de Abril de 2013, con motivo de la exposición que se está realizando desde el 7 de febrero de 2013 hasta el 5 de mayo de 2013 en La Virreina Centre de la Imatge en Barcelona.

Podría y quizás debería, empezar a juntar letras, mientras repaso, explico o enumero algunos de los hechos más destacados de la vida artística del autor que me ocupa. De alguna manera, esto situaría al lector. Aunque no haga falta. Formalismos.

EMPEZARÍA EXPLICANDO QUE Alberto García-Alix consiguió el Premio Nacional de Fotografía (1999) mientras lograba exponer su obra en más lugares de los que puedo relatar en dos páginas, sin dejar de lado el contenido en sí del artículo.
Mi lado femenino, 2002 ©Alberto García-Alix.
Mientras tanto, podría mencionar sus raíces en León (1956) y sus andaduras por el Madrid de la de la Movida: “yo estaba allí” y fotografié mi entorno y mis amigos”. Pasearía por sus affaires (asuntos ilícitos) con el abismo, tan políticamente destructivos como angustiosamente reales, desde el desconocimiento de un curioso.
Eso, esto, sería comenzar con la gentileza del profano. Con la mirada de quién, tras la visita al monográfico “García-Alix”. Autorretrato” expuesto en La Virreina Centre de la Imatge en Barcelona, ha quedado abrumado de sensaciones, viéndose forzado a tomar un café en el primer bar que le ha parecido amigo y escribir para tratar de no dejarlas escapar. El leonés se muestra ante la cámara de forma excepcional. Como excepción, y a su vez, con brillante normalidad, con su “desnudo radical” del que era, pero que ya no es.
Un joven García-Alix da la bienvenida con un aire más de guaperas de barrio que del rockero de mi imaginario. Ni bravucón ni descolgado. Apuesto y en su sitio, un seductor del objetivo.
No es “La primera vez” (1977) la obra que nos introduce en el mundo de las drogas. Un mundo donde, como primerizo, deja que unas manos jóvenes y femeninas inyecten el veneno de finales de los 70′. Es el “Autorretrato con Teresa” (1978) el que nos advierte de que la juventud de este madrileño adoptivo, estaba llena de curvas, de idas y venidas.
Con el amor como hilo conductor, los planos fijos que el autor expone hacen resonar el contenido del marco. Siempre más crudos que retóricos. Una combinación que atrae, entre lo poéticamente esforzado y lo técnicamente excelente.
  Autorretrato con mocasines, 1988 ©Alberto García-Alix.
Con encuadres maestros en cada uno de los autorretratos, las luces y sombras del autor se enseñan con tanta calidad como permite el vínculo gráfico que establece con el visitante. Luces y sombras personales de quien busca ganarse a sí mismo, quizás como fin de su viaje, como él mismo relata en uno de sus autorretratos en movimiento.
No describe aquí la genial utilización del blanco y negro. Una obra contraposición bitonal que relata con cuidada vehemencia y convicción, las viviendas de quien tuvo su moto como máxima ilusión pero que nunca se quedó únicamente en eso. La conciencia que tras la presencia del autorretrato se muestra, nos acompaña a través de 76 imágenes que relatan 30 años de vida. Nos ofrece con singular claridad la autoafirmación en aquello que es visible de lo que no lo es, de lo que en este monográfico se esconde. Un yo racional que da continuidad foto a foto.
Con “De donde no se vuelve” su voz desgarrada, ronca, de quien ha fumado vida sin mesura, trasmite el amor por la fotografía “la única disciplina que posee”. Epicentro de la “destructiva inercia” que nos acerca una vez más a quien escribe “Nacemos con miedo, vivimos y morimos con miedo”.
El miedo, el tiempo, caras que reflejan la pobreza más creativa. La que es rebelde con causa. La de quienes “apuraban la vida… con una moral que sustentaba todo lo que hacía”, donde “nada era suficiente” llevando “la vida por bandera”. Caras que nos llevan a la lucha contra lo preestablecido estéticamente, pura movida madrileña.
 Un instante de eterno silencio, 2010 ©Alberto García-Alix.
Con el pelo curiosamente desaliñado, “Un instante de eterno silencio” acaba con el diálogo consigo mismo que nos ha regalado García-Alix. Un señor ya, que se destapa yendo de lo íntimo a lo artístico, acaso suponiendo que esto y aquello no sean lo mismo. Como reconocía para El País, “Hay algo masoquista y cruel en mi insistencia en verme, pues me ha convertido en un rabioso exhibicionista de mi tiempo y mi angustia”, y sigue, “Retraté mis posesiones y mis vicios y las esquininas de las calles por las que me moví porque quería elevarlas a la altura de una épica”.
En vivo, en mayúsculas, sin fronteras. Un vividor del no lujo. Alguien capaz de sentir lo natural y lo sintético con la mesura que sólo su cuerpo marca como límite. Apartado de conversaciones y cercano a las modas de madrugada. Esas que sólo se encuentran si el día, el mes y la hora son relativas, poco determinantes. Habitante del underground que también sabe pasear por donde el ruido de lo civilizado puede mutilar el alma. Si escuchas lo que sus ojos no pueden decirte, quizás el púgil te mande a la hora.

 

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