Eikoh Hosoe. Elogio de lo esencial.

2011.08.01

TEXTO LITERAL DE LA REVISTA FOTO: http://www.1arte.com/revistas.php?revista=19

ESCRITO POR LOLA GARRIDO.

Eikoh Hosoe forma parte fundamental de la fotografía japonesa moderna. Sus comienzos como documentalista del Japón de la posguerra devienen con rapidez en un estilo más personal, marcado por la influencia del teatro y la mitología. Sus personajes metafóricos, en los que la realidad y la ficción se mezclan, son símbolos de un mundo posnuclear y tradicional, fruto de sus colaboraciones con el escritor Mishima y el creador del “bhuto“, Tastsumi Hijikata. Esta especie de ballet da lugar, en el trabajo de Hosoe, a fotografías híbridas en las que mezcla la “performance”, la biografía y el instante fugaz. Hosoe es una figura innovadora, mezcla de artista, divulgador y embajador de una cultura artística lejana, rica y plena de hallazgos poéticos.

EIKOH HOSOE, Kazuo Ohno, 1994.

Evacuado durante los bombardeos de Tokio a la edad de doce años, en septiembre de 1945, tardará dos años en volver a su ciudad. Sus primeros trabajos, en 1947, tratan de recordar y retratar una tragedia que resolverá con un lenguaje teatral y mítico, alejado de los que fotógrafos japoneses como Ken Domon o Somei Tomatsu habían realizado hasta ese momento sobre Hirosima y Nagasaki. En una cultura en la que lo esencial forma parte del arte, el barroquismo de Hosoe sorprende. Sus posteriores trabajos consisten en documentar los bares más canallas y las prostitutas de Tokio, para dar cuenta de los cambios en una sociedad en plena evolución.

Sin embargo, es sin duda su asistencia a un espectáculo de Hijikata basado en una obra de Mishima titulada “Kinjiki” lo que va a provocar un cambio fundamental en su carrera. Profundamente impresionado por esta suerte de teatro-ballet llamado “bhuto”, va a pedir a su creador que trabaje con él en una película titulada “Navel and Atomic Bomb” (1960), en la que lo demoniaco y lo mítico forman parte de una acción que se desarrolla en la orilla del mar.

EIKOH HOSOE, Kazuo Ohno, 1980.

Curiosamente, Hosoe es un artista que se adelanta a su tiempo y hace suya la palabra “fusión” mucho antes de que sea utilizada para nombrar todo lo que es mezcla de culturas. Desde la estética gay, pasando por el flamenco, el expresionismo alemán, el minimalismo, las danzas tradicionales japonesas, todo forma parte del trabajo de Hosoe. En Japón, la cultura del desnudo era inexistente. Formaba parte de la tradición el tatuaje del cuerpo, pero no su representación. Hosoe hace del cuerpo su motivo principal. Sus composiciones son arquitecturas de cuerpos, de miembros, de piel. Hace de los cuerpos composiciones perfectas, en las que la belleza transforma, incluso, al que los mira. Su avidez por recoger e investigar en otros artistas hace que su mirada vuelva a transformarse al conocerlo que Bill Brandt hace con los desnudos, hasta el punto de abandonar un proyecto en el que estaba trabajando.

Su obra se vuelve más abstracta y esencial. Ahora son las partes del cuerpo las que conforman sus fotos. En ellas, celebra el triunfo de la belleza de las distintas partes del cuerpo y, como buen oriental, crea belleza en lugares que en sí mismos son insignificantes.

Lo bello no es una sustancia en sí mismo, sino un juego de luces y de sombras, de texturas, de colores, de temperaturas, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias.

EIKOH HOSOE, Embrace #52, 1970.

Si he escogido esta fotografía, titulada “Embrace #52, 1970″, para ilustrar el artículo es porque en la simplicidad de este encuentro entre dos cuerpos que se adivinan, diferentes de color y, sin embargo, cómplices, encuentro la fascinación de la sencillez. El elogio de lo esencial. El milagro de lo parcial. La síntesis de la luz. Y, también, lo que es más importante: la descripción de las sensaciones. Hosoe pone el acento en construir un campo de energía humana, y esto lo consigue gracias no a aislar, sino a trabajar sinergías para crear una suerte de comunión.

Estos dos cuerpos que se adivinan y evidencian son singularidades exquisitamente expuestas que forman un momento de concreción tan exacta que están en el límite mismo de la belleza soñada.

Son sus fotos más fáciles, las menos barrocas, pero posibilitan la necesidad de conocer más, de ver más, de buscar adentrarse en la obra de un autor en el que los registros son tan variados que una sola fotografía es como un mojón, en el que se escriben los cientos de kilómetros que faltan para llegar al destino.

Recomiendo y reivindico la obra total de Hosoe como un paso al conocimiento de una obra compleja conceptualmente. Por eso, este mero esteticismo: para posibilitar a cada espectador el viaje por cada uno de los libros de su autor, por cada una de sus fotografías.

En ocasiones, hacer visible aquello que no se conoce es la tarea del divulgador, y eso resulta gratificante si únicamente uno de los lectores de estas páginas se adentrara en la obra de cualquiera de los fotógrafos presentados.

Las fotografías que me interesan son aquellas que no son las mejores, sino las que transmiten la idea de que detrás de una foto hay una presencia, un artista potente al que hay que descubrir sin compañía para quedarse con su mejor obra. El trabajo de este artista es una búsqueda entre lo esencial y lo añadido, es una mezcla de sencillez con complejidad y es, como el mundo, desconcertante y mágico. Las cosas sencillas son propias de mentes complejas. Y al revés.

2 comments

  1. Buscando información sobre el fotógrafo japonés Eikoh Hosoe me he topado con tu blog. Me parece un lugar fantástico en el que te aseguro que me voy a perder durante las próximas semanas investigando su contenido. Me hago seguidor y te añado a mi twitter.

    Gracias.

    JR Álvaro González, 22 octubre, 2011
  2. Me alegro de que te guste, para esto estamos. También estoy en “Facebook” JR.

    Limpio mi apartamento, 24 octubre, 2011

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