Diane Arbus. La voluntad del espanto.

2011.09.02

TEXTO LITERAL DE LA REVISTA FOTO: http://www.1arte.com/revistas.php?revista=19

ESCRITO POR LOLA GARRIDO.

Vivió cuarenta y ocho años. Tortuosos, fuertes, inseguros, con fuertes depresiones. Nació en una rica familia neoyorquina, rodeada de criadas, de familiares extraños. Se casó muy joven, tuvo dos hijos y su pasión fue fotografiar aquello que está más allá de la simple apariencia. Diane Arbus buscó lo extraño más allá de lo que, quizá, por su fragilidad emocional se podía permitir.

Comenzó fotografiando moda. La belleza, sin embargo (su fascinación por lo terrible), le dio la fama pero no el sosiego. Somos hijos de nuestro entorno pero, sobre todo, nuestras vidas están marcadas por las infancias que tuvimos.

Admiradora de August Sander, alumna de Lisette Model, amiga de Richard Avedon, aun cuando retrataba los seres más horribles, su vocación era la de la empatía con los humanos rechazados. Se declaraba partidaria de la belleza más terrible, de aquella que dejaba sin respiración, de lo no convencional. Decía que la vida es un melodrama, mitad comedia y mitad drama. Negros, latinos, drogadictos, parejas de miserables de Brooklyn, hoteles cutres y gente alienada son sus temas, porque el acto de fotografiar era sobre todo un acto de simpatía y de amor.

Autora de las fotografías más desesperadamente irónicas de la historia, buscó retratar a personajes que se dejan retratar con apatía, casi indolentes. Ella acerca su cámara todo lo posible y no parece emocionada, sino distante. El resultado subvierte todos los esquemas sociales. Hay travestidos que parecen elegantes señoras, niños casi diabólicos, mujeres estoicas; sus jóvenes ofrecen una imagen nada favorecedora de sí mismos.

Ella, al igual que muchos de los retratados, también iba a contracorriente. En las fotos de Diane Arbus, sólo los personajes disfrazados parecen cobrar vida, aun cuando existe también un enigmático pozo de tristeza. Su tristeza, la de todos. Es la condición humana. En esa condición, Arbus detecta una melancolía fundamental que sólo lo artificioso, la máscara o la convención pueden disipar.

Sus fotografías son tomas de frente en las que el flash rebota crudamente sobre los rostros. Es un detective de rostros, de miradas, de actitudes, heredera de Weegee y, como él, una buscadora de los abismos. Para Arbus, la piel, las caras, son arquitecturas que hablan de construcciones de vida. Lo exterior es producto de lo interior.

La cámara en ocasiones es benigna; en otras es un artefacto de crueldad. La contradicción de la carrera de Diane Arbus es que comienza como fotógrafa de modas, algo que se basa en el hecho de que hay cosas que pueden ser más bellas que en la vida real, y de ahí pasa a fotografiar aquello que es más horrible que lo real, de lo que no se puede escapar, porque está. Y, como dijo Bretón, la belleza será convulsiva, o no será.

Si la fotografía ha servido en momentos para ampliar nuestra noción de lo estéticamente agradable, también ha servido hasta la náusea para mostrar lo terrible desprovisto de dureza. Así, la crueldad ha sido eliminada. Walter Benjamin, en una conferencia que pronunció en París en 1934, dijo algo aterrador: “La fotografia ha logrado transformar la más abyecta pobreza, encarándola de manera estilizada, técnicamente perfecta, en objeto de regocijo…”.

Quizá Diane Arbus pretendió lo contrario, retratar algo que casi no pudiéramos mirar sin sentirnos agredidos, algo que no nos provocara otra sensación que la de enfrentarnos a nuestros propios monstruos. Así, sus fotografías son, como ella misma dijo, “Un secreto dentro de un secreto; cuanto más te dice, menos sabes”. De los seres que ella retrata sabemos poco, pero nos imaginamos bastante. Sus tomas preservan ciertos secretos. Y ella las captura para entender cosas que, de otra manera, no encuentran explicación.

Su vida es una búsqueda de explicarse ciertas cosas acerca de sí misma y acerca de los demás. La fotografía es una relación congénitamente equívoca entre “yo” y “el mundo”. Diane Arbus vivía en el reino de lo fácil y terminó adentrándose en el reino del espanto. Es, sin duda, una fotógrafa que se atreve con las cosas más difíciles, para expresar e iluminar lo esencial: el miedo. Y es que la vida de todos nosotros se desarrolla entre dos miedos: el nacimiento y la muerte.

He escogido esta fotografía de Arbus porque explica con sobriedad, elegancia y radicalidad el punto de vista de la fotógrafa. Una muchacha joven está llenando el encuadre. El raso del vestido y la falsa y pretendida elegancia se desvanecen en ese tirante que cae de manera descuidada y quizá pretendidamente sugerente. La chica está maquillada sin cuidado, pretendiendo ser moderna y eliminando toda elegancia en función de lo que se lleva. Es una chica que parece disfrazada por querer ocultar lo que posiblemente es. Una chica a la moda, una mujer que no es capaz de hacerse consigo misma y necesita de los referentes más inmediatos para no sentirse insegura. Nada hay más efímero que la moda y nada más difícil que la sencillez y la elegancia.

A Diane Arbus le ocurrió con su vida que intentó todo, se aventuró en los fáciles modelos sexuales de los años sesenta y perdió lo que le daba el equilibrio para seguir creando sus propios monstruos. La realidad de su vida coincidió con la ficción de su arte.

La fotografía arbusiana no se trata de un mero discurso formal, sino que afecta a la entraña misma de su poética, a su propósito de transfigurar la realidad en una fúnebre letanía o interminable caos ritmado por el clamor del espanto, gobernado por el pavoroso caos del día a día que habitaba en su cabeza.

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  1. […] Está ligada a nombres de grandes maestros como Yosuf  Karsh, August Sanders, Elsa Dorfman, Diane Arbus, Robert […]

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