Gisèle Freund. Un teórica práctica.

2012.01.12

TEXTO LITERAL DE LA REVISTA FOTO: http://www.1arte.com/revistas.php?revista=19

ESCRITO POR LOLA GARRIDO.

Este artículo está escrito en Junio del año 2000.

Gisèle Freund ha muerto el pasado mes de marzo en París en su casa de Montparnasse, en el barrio en el que siempre vivió, al lado de la rue (calle) Daguerre (inventor de la fotografía), a los noventa años. Una pequeña mujer que se comportaba como quería y que se empeñó en ser como era: terca, apasionada, viajera, solitaria, fotoperiodista, retratista, amiga de grandes escritores, radical y ambigua.
Con su cámara registró los rostros, los eventos, los azares y las revelaciones de la historia del siglo XX.

Retrato de  Brigit Kleber a Gisèle Freund en el año 1996.

Por ser libre y no acceder a ninguna concesión, pagó un alto precio. Fue expulsada de Magnum, hasta el punto de olvidar que en algún momento perteneció a la agencia. Fue subestimada, ignorada y despreciada. En los últimos tiempos, se veían en museos y galerías sus impresionantes retratos de todo el panteón de la literatura de este siglo realizados por esta alemana, ciudadana del mundo, que escribió sobre fotografía, dio clases y, sobre todo, fue una de las grandes fotógrafas de nuestra época. Dicen que se alimentaba diariamente la cólera para luchar contra la inoperancia y la lentitud burocrática, la rabia contra la brutalidad y la indiferencia, con un poco de champán y algunas ostras. Para vivir mucho, hay que dar salida a la cólera para no retener el rencor, hay que darse placeres para calmar la rabia. Así, de esa manera, se llega a ser muy anciano, decía Gisèle.

Antinazi desde sus tiempos de estudiante, vivió dos éxodos: en 1933 y en 1940. Por algunas horas se escapó de ser arrestada por la Gestapo. Más tarde fue a París y allí todos los escritores de sus sueños pasaron por delante de su Leica. Su amiga, la emblemática librera Adrienne Monnier, era la que le ponía en contacto con todo ellos: Virginia Wolf pensativa y melancólica hasta la desesperación, André Cide con su foulard rojo, Colette y su pluma, James Joyce con sus ojos frágiles leyendo con una lupa, Malraux con aire intelectual y el pelo despeinado, Yourcenar, Duras, Simone de Beauvoir, Sartre, Borges. En la presentación de sus fotografías en la librería están todos, y la cámara de Gisèle no es compasiva; están sus arrugas, sus miedos, incluso su arrogancia. Como casi siempré, todos le felicitan por los retratos de los otros, pero se encuentran menos satisfechos de los propios. Y es que cada uno tiene su idea del propio rostro, ninguno en toda su verdad.

Todo es real porque Gisèle no ha hecho más que aquello que quería; no son encargos, son amigos, además de personas que ella admira y conoce bien. No es irónica. No es más que una fotógrafa que está interesada en escribir sobre el miedo. Su tesis titulada ” La fotografía en Francia en el siglo XIX” se editó por primera vez en 1936. Un libro raro, de culto.

Desde sus viajes a la Patagonia hasta sus retratos de Argentina y Eva Perón, su estancia en México compartiendo amistad y arte con Frida Kahlo, Rivera, Orozco, la miseria de los mineros en Inglaterra. Todo lo que es el hombre y el mundo interesa a su cámara.
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Tuvo como profesores a Adorno, a Mannheim, devoraba a Kafka y a Mann, asistía a los estrenos de Brecht y Toller, y a la lectura de su tesis asistió el mismísimo Walter Benjamin.
Freund se declaraba poco interesada por ser fotógrafa. Ella creía que el fotógrafo es un mero traductor. Interesada por la sociología, quería dejar constancia de los grandes hombres y mujeres que conocía, porque estaba segura de que serían importantes para el arte y el pensamiento.
Conocí a Gisèle Freund a través de un amigo. Quise exponer su obra en España y ella me escribió varias cartas, encantada de poder hacerlo. Desgraciadamente no pudo ser, pero sus cartas con letra de dibujante y su interés por todo me hicieron admirar todavía más su obra. Cuando el Centro Pompidou de París le hizo una antológica titulada “Itineraires”, asistí y vi a Gisèle contenta. Tenía 83 años y era la primera vez que el Museo invitaba a un fotógrafo. Ella había sido una mujer luchadora; se declaraba no artista y antifeminista. He conocido a muy pocas personas que fueran más feministas y más artistas que ella.
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Retrato de Gisèle Freund a André Malraux en 1935.
En el retrato de André Malraux se recoge todo el concepto de Gisèle Freund de incidir en el aspecto para desentrañar al sujeto. Aquí está el poderoso intelectual francés. Su delgada silueta se recorta contra el cielo gris de París. Su cigarrillo entre las manos, sus cabellos despeinados, sus ojos inquietos, su mirada concentrada en el hacer de la fotógrafa. Es el deseo entre los dos el que se fija en la imagen. Deseo puramente intelectual, fascinación, voluntad de plasmar lo que cada uno es. Todo fotógrafo se retrata en los retratos que hace. La fotógrafa es consciente de la calidad y la fuerza que poseen las palabras de Malraux, pero ella tiene que recoger su silencio. Lo consiguió, y esta imagen ha dado la vuelta al mundo.
La fotografía habla desde el silencio y surge de su tiempo, pero sólo acaba siendo obra de arte por lo que se le escapa. Sólo algunas imágenes permanecen siempre, indelebles y cada vez más verdaderas.

Cuando miramos un retrato, un paisaje, leemos la fotografía con la medida de nuestra mirada y reconstruimos al personaje o al mundo desde quienes somos nosotros y nuestro imaginario.

Toda fotografía es implícitamente literatura porque describe realidad o ficción. De ahí que las imágenes contengan tantas palabras como palabras posea el que las mira. Se puede ser escritor simplemente leyendo. Se puede fotografiar a través de las miradas de otros.

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