Moda & surrealismo.

2012.01.21

TEXTO LITERAL REVISTA CITIZEN K (ESPAÑA): http://www.citizen-k.com/

ESCRITO POR LAURENT DOMBROWICZ Y FOTOS, D.R.

La moda escapa de la rutina y se adentra en el subconsciente siguiendo la estela de Bretón, Dalí y Elsa Schiaparelli. Una tendencia que desafía la lógica.

Si la magia opera de forma cíclica, la moda se muestra más brillante cuando escapa a las reglas de la elegancia y, a veces, del buen gusto. De esta forma, en el momento en que la creación textil se asoció al surrealismo, la varita de las tendencias dio a la luz a una pareja de gran longevidad y creatividad. El movimiento surrealista, nacido en los años 20 de la mano de André Bréton y de un círculo de espíritus iluminados, identificó claramente este vínculo. Los intercambios entre moda y surrealismo fueron en ambos sentidos. La palabra clave: escapar a lo cotidiano, a la rutina, al modelo burgués. ¿Las formas de llegar allí? La insurrección perpetua, la puesta en duda de la razón y el cuerpo y la celebración de azar y de la ilusión.

A la izquierda, paisaje de un cuadro de Salvador Dalí y abrigo de ocho cajones de Elsa Schiaparelli, fotografiado por Cecil Beaton en 1936. A la derecha, todo el espíritu del subrrealismo de Schiaparelli en este sombrero Mystère con un broche de diamantes de Van Cleef & Arpels a modo de ceja (1949)

Todos los grandes nombres del surrealismo en pintura han representado, sin excepción, el mundo de la moda en sus obras, por no hablar de sus colaboraciones artísticas con las grandes revistas de la época, tanto en Europa como en Estados Unidos. ¿Quien no conoce a los hombres con bombín de Magritte? ¿O sus zapatos ortopédicos, recuperados por Pierre Cardin a mediados de los años 80? Giorgio de Chirico siempre ha defendido el ideal antiguo, con sus vestidos drapeados y sus modelos de costura. El prolífico Salvador Dalí es, sin duda, el que mejor a explorado el parentesco directo entre la vestimenta y el discurso surrealista . En su cuadro Night and Day Clothes of the Body, de 1936, Dalí se anticipa con violencia y humor a los éxitos de costura de Jean Paul Gaultier y de Thierry Mugler. El cuerpo femenino, como laboratorio de investigación y símbolo del espíritu surrealista —hasta el fetichismo— es el centro del discurso entre el arte y la moda. Por ejemplo, los cajones que Dalí coloca en un rostro o en el cuerpo de una Venus clásica, o también la célebre boca de Man Ray, que Yves Saint Laurent traslada a bordados en varias de sus creaciones y adorna, esta temporada, un vestido de cóctel de Peter Dundas para Ungaro. Una boca que adquirió toda su dimensión erótica cuando Dalí, la transformó en un sofá gigante. Los desplazamientos de significados e ideas, que forman desde la base del surrealismo —cuyo icono magistral es el famoso Esto no es una pipa, de Magritte— encuentran equivalentes directos en el diseño de moda.

Zapatos creados por Pierre Cardin en 1986, en homenaje a un célebre cuadro de René Magritte (en Fashion and Surrealism, por Richard Martin, ediciones Thames & Hudson).

El sombrerero Stephen Jones corrompe el tan británico fish and chips y lo convierten en un tocado. El americano Jeremy Scott transforma un capitel de columna dórica en un sujetador. En los años ochenta, Jean Paul Gaultier, Jean Charles de Castelbajac y hasta Karl Lagerfeld, en la línea de complementos que diseñaba para Chanel, se convertirán en los herederos del espíritu surrealista basando sus creaciones en ideas no indumentarias tales como la pastas, los pájaros o las latas de conserva. Estos falsos parecidos o trampantojos se han convertido en parte de la identidad de algunas marcas, como Moschino, especialista en los gráficos iconoclastas, en las prendas sorpresa y la ironía. La Maison Martin Margiela cultiva igualmente el culto por lo real-falso, con sus impresiones tipo fotocopia, o el sujetador trampatojo que se presentó en el último desfile de la marca, cubriendo una desnudez ilusoria —de hecho, era una combinación de colores claros—. El duo Viktor & Rolf, desde sus inicios, ha apostado por la noción del desajuste en sus diseños, a la vez que por una utilización constante de trampatojo, de una fuerte simbología y de efectos escénicos. Su boutique upside-down de Milán es también una oda al surrealismo.

El surrealismo de los diseñadores Viktor & Rolf.

Si el movimiento se ha manifestado esencialmente en las artes mayores como la pintura o la literatura, solamente hay un diseñador al que podamos, sin duda, calificar como surrealista. Se trata de Elsa Schiaparelli. Detestada por Coco Chanel, que la llamada La Italiana, esta gran dama de la moda trabajará con casi todos los artistas de la época. Sus favoritos eran Dalí, de quien toma famosos cajones para sus abrigos o sus trajes excepcionales retomando líneas antiguas. Entre los años 1930 y 1950, Schiaparelli aplica con fuerza los postulados del movimiento a la moda. Para sus sombreros, tan en boga en la época, retoma la silueta de un zapato gigante colocado a la inversa (reinterpretado en la película Brazil de Terry Gillian), la forma de una gallina incubando o la de muslo de pollo. La langosta, animal sagrado de los surrealistas, está impresa en sus vestidos de noche. El diseñador de complementos Eric Halley retomará la idea realizando las langostas gigantes en strass de Swarovski. Para los frascos de sus perfumes Shocking y Sleeping, usa el mismo proceso de corrupción de ideas, con un busto de mujer y una vela. Jean Paul Gaultier, en el momento de lanzar su primer perfume, se inspirará en este modelo. La única fragancia masculina de Schiaparelli, bautizada Snuff, fue lanzada en un frasco con aspecto de pajarita, en el que el tapón era ceniza de pipa. Una vez más, Magritte no está lejos. Los fotógrafos Horst y Cecil Beaton comprendieron con elegancia las creaciones divinamente utópicas de ésta que, 30 años después de su desaparición, continúa siendo la voz de una moda surrealista que cultiva con brillo el lema de Cocteau: “¡Aquello que te reprochen, cúltivalo!”.

La fotografía de la izquierda es de Horst  P. Horst  y la fotografía de la derecha es de Cecil Beaton retratando a Dalí y Gala.

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